Masculinidades

Entrevistado en “Amos de su casa”

Posted in Uncategorized by Community Manager on 6 abril 2011

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Cristina Arredondo http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/sociedad/amos-casa-20110403

Hay pocos, pero existen. Cocinan, planchan, cambian pañales, no les gusta limpiar el polvo, pero lo hacen, y están en los detalles. En definitiva, mantienen el orden en sus hogares y cuidan de sus familias. Cinco hombres cuentan sus experiencias como dueños y señores de las tareas domésticas.

Mi marido lo hace casi todo: casi plancha, casi friega, casi ducha a los niños… Las cifras dicen que el 95% de las personas que concilian son mujeres, las llamadas superwoman: perfectas en su trabajo y en su casa, con la mente siempre puesta en ocho sitios a la vez. Es cierto, los problemas de conciliación corresponden a la mujer. Por cultura ha caído sobre ella el rol de ama de casa y en él, el de traer el sustento económico.

No obstante, existen algunos hombres concienciados de que el hogar y los hijos son responsabilidad de dos. Un estudio de Adecco señalaba que, en el año 2009, 42.000 hombres se dedicaban a las tareas del hogar. Encontrar a uno solo resulta casi imposible, ¿dónde se meten? Muchos sienten vergüenza y no se atreven a reconocer que dependen del sueldo de sus mujeres, pero cinco de ellos han optado por contar su experiencia y decir que trabajar en casa a tiempo completo o reducir sus jornadas laborales, para que sus esposas se desarrollen profesionalmente, no es una deshonra. Los roles se han invertido en sus casas. Son José María Espada, Juan Antonio Córdoba, David Suriol, Antonio y Pedro. Los dos últimos prefieren no dar más detalles, no porque se avergüencen, sino porque pecan de prudencia, aunque en sus ambientes todos les conocen y saben de sus labores. No se sienten menos hombres, pero sí se ven como bichos raros. Muy pocos se comportan como ellos. Antonio vive en un pueblo de Huelva, tiene 46 años y siempre ha llevado una vida con repartos equitativos. Ahora se dedica al hogar, una decisión tomada fundamentalmente por las necesidades de su hijo de 10 años. “Hace dos años mi mujer y yo llegamos a la determinación de que me iba a ocupar de la casa y ella se centraría en su trabajo profesional. Su horario es más estable; yo tenía que viajar y adaptarme a las necesidades de mi trabajo”. Y así llegó el cambio.

Ni rastro de sexismo

“Es la experiencia de mi vida. Lo malo es que renuncias a muchas cosas, sobre todo, a los amigos que no compartes con tu esposa”, explica. “Los tiempos de ocio no coinciden. Ellos siguen sus ritmos, van a jugar a pádel y yo estoy en casa tendiendo la ropa y hasta las once de la noche no me siento y tengo un rato para mí”. Sin embargo, aunque echa de menos ese tiempo, ver a su familia bien atendida gracias a él compensa.

Hace de todo: pone la lavadora y, mientras, avanza otras tareas, empezando por los cristales y terminando por los azulejos de la cocina. Dedica un día a hacer la comida de toda la semana y luego la congela. “Para la cena sí cocino a diario”. No le gusta limpiar el polvo. “En la cocina das rienda suelta a tus gustos, incluso la plancha me gusta, porque veo una utilidad muy directa, plancho algo que nos vamos a poner”.

Le sorprende la cantidad de productos para limpiar el baño. “Cuando llegas, despliegas una cantidad de productos impresionante: el desinfectante, el antical, para el suelo, los cristales, la mampara… Creo que es mentira eso de que un producto vale para todo; el antical no sirve para desinfectar, y al revés”, dice este hombre, todo un amo de casa o cuidador, como prefiere catalogar su trabajo, ya que el primer concepto implica reducir su trabajo a una serie de tareas mecánicas. “La diferencia está en el motivo por el que haces las cosas”, dice. En cuanto a su mujer, “cuando ella está más libre, me ayuda a mí” . Y en la compra, aunque la hacen juntos, “el que lleva el carro y sabe dónde está cada cosa en cada supermercado soy yo”.

Conoce a las madres de los compañeros de la clase de su hijo. Algunas se pensaban que era separado porque siempre iba él a recogerle hasta que un día le vieron con su mujer. Y los amigos del niño le preguntan si está en paro, ya que sus padres no van a recogerles porque están en el trabajo. “Cuando les explicas que no estás parado, tienes que ir con mucha diplomacia para no quedar de fantástico. Yo no voy buscando ningún tipo de reconocimiento, incluso a veces me molesta que me digan ‘qué suerte tiene tu mujer’, porque no veo en esto ningún tipo de mérito. Además, por egoísmo, podría decir que disfruto mucho de mi situación”, apunta.

Señala que la igualdad es cuestión de educación. “Mi hijo tiene unos valores que no tienen muchos niños. Él ve que en su casa todo el mundo sabe hacer de todo y eso del sexismo le suena a chino; a veces es un problema porque cuando va a casa de sus amigos ve cosas que no entiende y pide explicaciones”. Reconoce que al hombre se le educa para abastecer, y a la mujer, para cuidar el hogar. “Si el hombre quiere cambiar, tiene que hacerlo por su cuenta y para ello debe haber algo que le retribuya”, explica. De modo que, como dice, “nadie se va a meter en un sitio para perder privilegios y el hombre tiene muchos, sobre todo en cuanto a disposición de su tiempo”, señala. No se siente menos hombre por no cumplir el papel de sustento económico, que es causa de frustración para el varón. “Yo no he tenido esa sensación porque no me he metido en casa por casualidad”. Además, incide en que la relación con la familia es el pilar. “Si no tienes una buena retribución familiar, entonces sí que te sientes un sacrificado que ha dejado sus privilegios”. Pero lo bonito, precisa, “es cuando descubres que llevar a tu hijo al colegio no es una obligación, sino que es disfrutar de él, que cuando te ve te da un beso y lo que quiere es estar contigo… no es ningún sacrificio cuidar a un hijo”.

Según su experiencia, mantener el orden en su casa es una forma tan válida como otra de cuidar a la familia. “Yo creo que les estoy atendiendo lo mejor que puedo desde donde estoy ahora, que es el lado de las tareas domésticas y el cuidado personal”, aunque sus amigos le digan que se parece a sus mujeres, porque cuando van a su casa les regaña si no ponen el posavasos o por tirar las pipas al suelo… “En sus casas recogen sus esposas, pero en la mía limpio yo y no dejo que me ensucien”. No duda de que, en general, los hombres llevan una vida relajada, “no valoramos lo que hay detrás de un trabajo doméstico. Vemos simples tareas y en realidad es una dedicación, en muchos casos altruista, porque una mujer no espera que le digan lo limpio que está todo. Tenemos asumido que es el papel de la mujer y no reconocemos nada”. Así, insiste en que para equiparar roles no hay leyes que valgan, sólo que el hombre vea una recompensa en la entrada al mundo del hogar. “Lo que ganas no es que te digan qué bien lo haces, sino que tu vida y tus relaciones mejoran. Es sentirte útil, porque ves que gracias a ti las personas que te rodean llevan una vida mejor, y eso es lo que hace que merezca la pena”.

Hogar estable

Pedro es otro hombre que muchas mujeres desearían tener a su lado. Tiene 56 años y hace 15 dejó su trabajo porque su sueldo iba directo a una persona que cuidara de su hijo. “Mi trabajo exigía viajar mucho y decidimos que por el mismo precio me quedaba yo en casa acompañando a nuestro hijo en su educación y crecimiento”, explica.

Su experiencia es sencillamente “fantástica”, aunque no trabajar le priva de ciertos circuitos sociales. “Sacrificas tu desarrollo vocacional o el sentido de pertenencia a la sociedad ganando tu propio sueldo, que es lo que le ha pasado a la mujer. Pero el trabajo no es todo. Es cuestión de prioridades y de tener otras herramientas para desarrollarte como individuo”, dice.

“Conmigo en casa ganamos menos dinero, pero tenemos un hogar más estable”, explica. Sus funciones en casa son todas, pero, ante todo, atender a su hijo. “Si se pone enfermo, se queda en casa conmigo. Muchos niños, si están malos, o se van con los abuelos o van enfermos a clase”. Incluso, realizó un curso de jardín de infancia para aprender cómo atender a los niños. “Esto no es cosa de hombres o mujeres, todos estamos perdidos en este sentido cuando somos padres”. Le gusta ser amo de casa, pero resalta que lo ideal sería eso y tener una actividad social remunerada, “pero en España la jornada intensiva no se conoce y tanto hombres como mujeres tendrían que poder trabajar media jornada y así hacer todo los dos”, valora.

José María Espada, de 39 años, dice que “ser amo de casa puede dañar la autoestima de los hombres, está mal visto”. Él hace compatible su profesión como trabajador social en la Administración Pública almeriense con el hogar, mientas que su mujer aparece en casa a las 23.00. “Para nosotros hacer esto es ir a contracorriente, las mujeres pueden trabajar o ser amas de casa, tienen capacidad de elección. Sin embargo, en el caso de los hombres esta faceta no está incorporada al repertorio de cosas que podemos hacer”.

Incide en que los hombres se avergüenzan no de hacer las tareas domésticas, “sino de reconocer que no ganan dinero y que dependen de alguien”. Lo que ya se sabía, que les duele en el orgullo, pero no por una cuestión de amor propio, sino porque desde pequeños les educan para ser resolutivos, independientes, ganar dinero y ser, en definitiva, quienes llevan los pantalones.

En casa de Espada, su mujer está a mesa puesta todos los días. “Ella trabaja hasta las once de la noche, viene a comer, pero no toca nada. Sólo pasea a los perros por la mañana” porque tienen cuatro. “La cocina es mía, hacer la compra, fregar, llevar a los perros al veterinario… y es él quien sabe si falta sal, “porque estar en casa no es sólo hacer las tareas, sino estar pendiente de las cosas”. Pero ser amo de casa implica renuncia. “Lo principal es que te quedan espinas que no terminas de quitarte de encima. Yo me quedé con la tesis sin terminar”, dice José María. No obstante, considera importante contar con un trabajo, porque hay pocos hombres que no vean su autoestima dañada dedicándose sólo al hogar. “Yo, cuando dependía económicamente de mi mujer, me sentía inútil y fracasado. Es algo que los hombres tenemos interiorizado y, además, el entorno te censura y pueden decir que eres un calzonazos o un vago”.

El problema, explica, es que el hombre está obligado a poner sus mejores energías en otras cosas que no son el cuidado de los demás. “Yo creo que lo más importante está en el otro lado, pero los hombres están poco ahí o entran de puntillas. Sin embargo, estar en ese lugar quita mucha presión porque compartes las cosas, es un toma y daca” y, como dice David Suriol, “es cuestión de negociar y llegar a un acuerdo”. La vida de Suriol (coautor junto a Miguel Janer del libro Marketing de pareja), se centra en sacar adelante sus cuatro empresas y su casa. Su mujer es también empresaria, llega a casa a las nueve de la noche y a veces tiene que viajar. Tienen cuatro hijos de entre 3 y 11 años a los que hay que recoger del colegio, dar la merienda, llevar al médico, ayudar con los deberes, etcétera, además de hacer compras y estar pendiente de lo que ocurre en su casa, ya que pese a tener una persona que les ayuda, es a él a quien le consulta todo. “Mi mujer tiene la cabeza en su trabajo, y yo, en el trabajo y en casa”, porque llevar el hogar implica tener la cabeza dividida. “Yo constantemente pienso en los deberes, los exámenes, la compra… y el trabajo. Mi mujer no, porque sabe que ha delegado en mí el resto” desde hace seis años, cuando decidieron que él saldría a las cinco de la tarde para estar con los hijos y en el hogar.

No somos héroes

Lo que ocurre actualmente, señala Suriol, es que el hombre “se siente discriminado socialmente, hacer esto no es muy varonil. Pero hombres y mujeres tenemos las mismas capacidades intelectuales y volitivas para acceder a cualquier puesto de trabajo” y un hombre puede llevar la casa igual que una mujer. Es un tema de responsabilidades. “Si el hombre tiene la responsabilidad de la casa, lo hace. Si sólo ayuda y es la mujer la responsable, el hombre va a rebufo de lo que diga ella. Sobre esto, Suriol, que realiza un estudio sobre cómo concilian los hombres y cómo las mujeres a través de una encuesta en ochoyogures.com, destaca cómo “los hombres creen que hacen más de lo que sus mujeres dicen que hacen”.

Considera la idea de la superwoman un mito: “Una mujer que lo hace todo bien en el trabajo y en casa va estresada y no creo que llegue a ser feliz. Y el superman, otro mito. Te toca hacer una serie de cosas en la vida, te organizas y a lo que no llegas lo negocias con la pareja”, explica. En su casa se encarga de la compra y “si se terminan los yogures mis hijos no dicen ‘mamá’; dicen, ‘papá, compra yogures’. Ellos negocian conmigo porque el reparto ahora es del 98% yo y 2% ella, antes era menos, pero es flexible y cuando yo no pueda, se renegociará”. No se considera heroico, más bien “un bicho raro porque pocos hombres hacen lo que yo”. En cierta ocasión se vio en la tesitura de asistir a una reunión con su hija de cinco meses y el biberón en la mano. “Me dijeron que era la primera vez que veían algo así, pero mi mujer ese día estaba de viaje y la persona que tenía que venir a cuidarla no podía. No pasa nada por tener que hacer eso”. Comenta que ser amo de casa es duro, pero “a medio y largo plazo, muy gratificante. Puede que no me apetezca hacer los deberes o cambiar pañales, pero merece la pena porque al final ves la cercanía que tienes con tus hijos y que la relación con tu pareja es muy buena, y esas son las cosas que merecen la pena” .

Para Juan Antonio Córdoba la situación llega por la posibilidad de poder compactar las horas de trabajo para compatibilizar vida laboral con profesional. Hasta entonces eran los abuelos los que recogían a su hija del colegio. Ahora va él. Su experiencia es más que positiva. “Es cuestión de acostumbrarse y, a día de hoy, es una experiencia que deberían vivir todos, para que así sepan qué es trabajar con la única recompensa de un beso”, dice.

“Salgo del trabajo a las 16.25 horas, en punto, sí o sí, para recoger a la niña del colegio. Vamos al parque, le doy la merienda y hacemos la compra”. Lo que más le gusta es el bricolaje del hogar y lo que menos “por consenso masculino, la plancha”. Explica que “son tareas familiares repartidas en una semana, sólo hago una parte de ellas”. Si bien, al estar más tiempo en casa, es él quien está pendiente de los recados y de las necesidades diarias. “Hoy en día los detalles son todos míos y el día a día está lleno de ellos”, comenta.

Sus amigos ven con buenos ojos esta decisión. “La mayoría no puede acomodar sus horarios y veo algo de envidia sana en algún comentario que hacen sobre mi vida maruja” y piensa que todos los hombres deberían probar para poder ver desde otro prisma la vida de los amos de casa y lo mucho o poco que reporta. N

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