Masculinidades

Corresponsabilidad en los cuidados

CORRESPONSABILIDAD

EN LOS CUIDADOS:

Más allá de la custodía compartida.

La crisis de la familia tradicional y

la pérdida de privilegios y autoridad masculina.

José María Espada Calpe

DEA y Lic. Antropología Social y Cultural

http://heterodoxia.org.es

En fechas recientes está arreciando, con especial virulencia, una campaña sostenida por una miríada de pequeñas organizaciones de padres divorciados y separados, a los que suelen llamar asociaciones de padres y madres divorciados, pero que vienen a representar los intereses de una serie de grupos masculinos que ven cuestionada su autoridad y privilegios asociados a un modelo tradicional de familia. Son grupos especialmente activos ya que en ellos se concentran hombres con unas elevadas cargas

Foto Chema Espada, Canterbury, UK, Noviembre 1998

Foto Chema Espada, Canterbury, UK, Noviembre 1998

de frustración asociadas a procesos personales de separación y concentran sus iras en la desestimación más frecuente que viene realizando la jurisprudencia de sus solicitudes de custodia de los hijos frente a las madres.

El eje de sus argumentaciones pretende situar a lo que denominan “custodia compartida” como la mejor defensa de los intereses del menor. Defienden que los niños y las niñas necesitan en su procesos socializador del efecto benéfico psicológico del acceso tanto al modelo paterno tanto como el modelo materno, envolviendo así su discurso de un aura de rotundidad de incuestionada verdad científica.

Se trata de un fenómeno relativamente novedoso en nuestro pais teniendo en cuenta que la fecha de la que data nuestra actual ley de divorcio es de 1981, que debe ser enmarcado dentro de los procesos contemporáneos de reconstitución de las masculinidades y las paternidades, de manera que el rol del cabeza de familia, sus privilegios y autoridad está siendo cuestionada desde diversos ángulos.

La familia ha sido uno de los lugares centrales donde la autoridad del hombre ha sido cuestionada, pero donde al mismo tiempo se ha perpetuado. Ya sea como hijos, padres, pareja o pariente en general, los hombres están sufriendo -o protagonizando- transformaciones en los modelos de masculinidad y la forma como construyen su autoridad en la familia.

El “trabajo” ha representado una de las fuentes de poder y recursos más importantes para la generalidad de los hombres, así como una forma de identidad. En un escenario de desempleo, empleo precario o subempleo; en definitiva, en un escenario dónde no acceden al “salario familiar”, “se produce un sentimiento de demasculinización –no equiparable al caso de las mujeres-“ (Sánchez-Palencia e Hidalgo, 2001: 15), debido a sus resistencias y dificultades para adaptarse a una nueva situación social y psicológica en la que ya no son el único sostén de la familia, ya no son los que traen el pan a casa1. Consiguientemente su autoridad, fraguada en la compenetración entre provisión y masculinidad, ha perdido su soporte: los hombres ya no pueden afirmar alegremente que “aquí, quien lleva los pantalones soy yo”2, o “niño, cuando seas mayor comerás huevos”. Estos “dichos populares” pueden servir de expresión sobre la dimensión de género y edad sobre la que se ha construido la autoridad y dominación masculina en la cultura de nuestro país (entre otras).

La provisión económica y la protección familiar del cabeza de familia, que se ha presentado como un mandato3 central de los modelos hegemónicos de masculinidad, corresponde cada vez menos con las experiencias de los hombres. Pero no es únicamente el nuevo escenario posfordista del empleo para los hombres, sino los crecientes niveles de empleo de las mujeres, lo que está socavando las bases de la autoridad masculina en la familia.

En primer lugar, el creciente empleo de las mujeres está produciendo nuevos acuerdos en las relaciones conyugales, ya que la existencia de una doble renta posibilita que los arreglos convivenciales se vean modificados. Se ha señalado (Oakley y Rigby, 1998.) que la implicación masculina en las tareas domésticas depende más de la falta de disponibilidad del trabajo doméstico de la mujer -habitualmente porque ésta desarrolle una vida laboral-, que del empleo o desempleo del hombre -su presencia y disponibilidad de tiempo para el cuidado-. En segundo lugar, el empleo de las mujeres –unido al empuje del movimiento de liberación sexual-, está posibilitando la emergencia de una diversidad de nuevos modelos familiares (familias monoparentales, familias reconstituidas, familias basadas en parejas homosexuales y en uniones de hecho, etc) que cuestionan el carácter heterosexista del proyecto de la familia tradicional.

Así, los hombres pierden: por un lado, la legitimidad como proveedores –ganapanes-; por otro, los privilegios asociados a la condición de progenitores (dados los avances en las técnicas de reproducción asistida); y finalmente, la autoridad como supuestos inexcusables referentes simbólicos en la crianza de los niños.

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1 “… la película británica “The full monthy” (analizada en términos lacanianos por David Buchbinder) puede verse como un claro ejemplo de narrativa compensatoria. En la medida en que el desempleo se cierne sobre estos obreros como una forma de castración simbólica, su striptease final puede entenderse como un espectáculo de reafirmación masculina, más que como un acto de supervivencia económica.” (Sánchez-Palencia et al: 15).

2 Este ha sido una de las representaciones de la autoridad masculina que se ha denunciado y se ha utilizado como motivo de una serie de actividades en las que he participado. Así la asociación universitaria GAES organizó el “Primer día de la falda” (14 de mayo de 1996), y el Grupo de Hombres GREM organizó el “Segundo día de la falda” (29 de abril de 1998.) como forma de provocar una reflexión sobre la necesidad de desenmascarar los atributos de la masculinidad sobre los que se construye su poder. En estas actividades se invitaba a levar falda a los varones, pero también a participar en talleres, charlas, exposiciones, video-forums, y cocinando y sirviendo para el “festival”.

3 Para un desarrollo de la idea de “mandato”, véase Kuper (1995).

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